El coste de la perfección

Cansada. Así me siento cuando trato de encajar todas las piezas de un puzle que no se corresponden con la imagen de la caja.

Porque esa imagen perfecta, estática e inalterable es una instantánea puntual. Pero la vida, valga la redundancia, tiene vida propia y se empeña en seguir su propio curso, escapando a mi control.

Y por mucho que haga mis planes, me organice y mueva los hilos con gracia como una experta titiritera a veces me sorprendo frustrada al darme cuenta de que no conseguiré alcanzar esa sobrevalorada perfección.

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YO Sí RENUNCIO

 

Conciliar. Esa utopía que perseguimos los padres que trabajamos y deseamos ser partícipes de la vida de nuestros hijos. Utopía porque nos faltan horas y nos sobran obligaciones, nos puede el cansancio y por más que queramos no llegamos a todo. Y  miramos alrededor buscando ayuda, empatía y compromiso por parte de los de arriba para no dejarnos los sueños en el intento.

Mi experiencia me dice que si tenemos que esperar a que el gobierno establezca nuevas leyes que favorezcan la conciliación, las instituciones y empresas las pongan en práctica y esas medidas nos lleguen realmente, estamos apañados. Si queremos conciliar no nos queda otra que analizar qué está en nuestra mano hacer, qué depende de nosotros. Y eso, hoy por hoy, y salvo mínimas excepciones, supone renunciar.

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Profesionales con alma

No todos los días te encuentras con gente que realmente ame su trabajo y cuide con gusto todos los detalles para hacerte disfrutar una experiencia memorable. Tanto que te da por pensar en crear una sección en tu blog o escribir un post para contarlo. Porque hoy en día, aunque no debería ser así, lo raro es cruzarte con gente que se encarga de hacer brillar aquello que toca.

Y es que más allá de la profesionalidad de los servicios, está el corazón que le ponemos. Creo que esa es para mí una de las claves del éxito. No limitarnos a cumplir con lo que se espera, sino ir un paso por delante y aportar más valor para calar en la memoria emocional de nuestro cliente.

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Sin vuelta atrás

Te regalé los mejores años de mi vida.

Empezamos casi sin darnos cuenta. Yo era joven y quería volar, no atarme a nada ni a nadie. Pero apareciste tú, y me dejé seducir por tus promesas de libertad  e independencia.

Me decían que hacía lo correcto, que era hora de sentar la cabeza. Reconozco que escogí el camino más fácil.

Al principio todo iba de maravilla, pero con el tiempo, apareció la rutina y con ella, el ahogo y la falta de ilusión.

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